La última hoja del tilo.

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“Bosques alemanes, Tila”

En el centro del claro del bosque se erguía majestuoso un hermoso y viejo ejemplar de tilo, ahora rodeado de un espeso manto dorado tejido con sus hojas perdidas durante estos días de otoño lo que enmarcaba su grueso tronco surcado de cicatrices en forma de corazón (como sus hojas) con iniciales  a los lados y algunos atravesados por la flecha de cupido, guardando muchas historias y promesas de amor manifestadas por parejas de enamorados que bajo su sombra habían retozado a lo largo de sus muchos años de vida.

No le gustaba que le produjesen esas heridas pero a pesar de eso no quería que desapareciesen sino que las mantenía como pruebas, testigo de mil historias de amores al principio felices aunque con distintos caminos y finales a veces tormentosos y desgraciados según los casos. Como haría una bordadora, cada año remarcaba más esos signos de amor juvenil y se sentía orgulloso cuando algunas parejas volvían a visitarlo y a recordar y renovar sus promesas de amor.

Ahora se sentía melancólico, con las hojas ya perdidas salvo alguna aislada que se mantenía en lo alto a pesar del frío y las inclemencias, preparándose para un largo y triste invierno en que posiblemente nadie vendría a visitarlo y menos aún a retozar bajo sus ramas ni a susurrar palabras y promesas de amor eterno.

Recordaba con tristeza la última visita hace escasamente una semana: una dama de belleza ya madura, con semblante sombrío a la que costó reconocer como aquella bella muchacha de cabellos dorados que acompañado de otro bello efebo, retozaban cariñosamente y se sentaban en un viejo tronco que durante unos años se mantuvo adosado a su tronco, multiplicando sus gestos y palabras de amor.

En esta ocasión le acompañaba, agarrando su mano, una linda muchachita que, aunque con gesto triste, en ella sí que veía reflejada la figura de antaño de quien sin duda era su madre.

Depositando en el suelo una maleta que portaba, se acercó al tronco y a una considerable altura repasó con su mano uno de aquellos corazones con las iniciales E  y L mientras las lágrimas surcaban su bello y sombrío rostro.

Sois tú y papá, Ernesto y Lucía, ¿verdad? Preguntó la niña y sin esperar el asentimiento que la madre hizo con un simple gesto, continuó diciendo: Os queríais de verdad, ¿no es así? Entonces… cómo es posible que papá haya cambiado tanto como para tratarnos así, como para maltratarte como hace? Pero no te preocupes, mamá, tienes mucha vida por delante y las dos juntas conseguiremos ser felices de nuevo.

Ella la abrazó emocionada; fue un largo abrazo regado de lágrimas, de amor y de esperanza tras el cual, tomando de nuevo la maleta, continuaron por el sendero que, atravesando el bosque, llegaba hasta la estación del ferrocarril cuya vía apuntaba hacia lo lejos, hacia un futuro incierto pero esperanzador.

Todavía estaba recordando esa emotiva y triste escena cuando vio aproximarse una figura masculina, algo encorvada y con aspecto desaliñado y cara de pocos amigos en la que reconoció  a Ernesto, aquel muchacho otrora enamorado de Lucía y al parecer causa de sus males y su desgracia en la actualidad.

Se aproximó al viejo tronco y mientras buscaba con la vista aquel corazón testigo de una gran amor ahora truncado o más bien transformado en intenso odio, fue sacando de entre sus ropas una pequeña hacha con la que comenzó a golpear con saña dicho corazón haciéndolo desparecer en mil pedazos que saltaban como huyendo de los disparates, imprecaciones y juramentos con los que acompañaba sus golpes.

Cientos de golpes después de haber borrado toda señal de aquel corazón, cansado ya de golpes y de rabia, lanzó bien lejos entre los árboles el hacha y se dejó caer a los pies del tilo golpeando todavía el suelo con sus puños varias veces hasta que giró y con los ojos con expresión ausente permaneció mirando sin verlas, las últimas hojas del tilo recortada su silueta acorazonada contra el rojo con cuyo color el sol se había ya despedido hasta un nuevo amanecer.

En esa misma postura y con los ojos todavía abiertos, fue descubierto en la madrugada cubierto de escarcha y sobre su pecho un corazón ribeteado de cristalitos de hielo cual minúsculos diamantes, la última hoja, dorada por el otoño, del majestuoso e impasible tilo.

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Nana Moskouri-Der lindenbaum (El Tilo) de Schubert

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¡Feliz fin de semana a todas!

Y ya sabéis:

¡Cuidaos, vivid la vida intensamente y procurad ser muy felices!

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5 comentarios en “La última hoja del tilo.

    1. Un comentario un poco estúpido, ¿no le parece, Sr. “Sstradivariuss”? Claramente, desde el propio título, se aprecia que habitualmente escribo hoja con h por lo que la lección que pretende dar era totalmente innecesaria; bastaba una advertencia de que en esa palabra había omitido la h.
      Respecto a que es infantil, ¿lo afirma o lo pregunta? Si lo afirma respeto su opinión y si lo pregunta prefiero que sean otros quienes opinen y contesten. Un respetuoso saludo.

      Me gusta

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