Encontrarse a si mismo.

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Siempre he sido un apasionado de la montaña, me gusta recorrer todos los rincones, perderme completamente solo por parajes recónditos, saborear la soledad hasta límites en que sientes casi agobio, en lugares donde sabes que no encontrarás más seres vivientes que los animales que por allí viven o pasan.

La montaña, además de ejercicio fisico me aporta paz, calma, saborear la belleza de un paisaje o escondidos y preciosos rincones, en resumen supone una recarga de energía necesaria para superar la monotonía de la vida diaria.

Pero hace unos días en una tertulia alguien hablaba de visitar lugares sagrados del Tibet o de la India para encontrarse a sí mismo; discutiendo esos temas se llegó a la conclusión de que no era preciso viajar a lugares lejanos sino que, por ejemplo en la naturaleza, en la montaña, en soledad, uno podía encontrarse consigo mismo, para lo que es necesario ir con espíritu de búsqueda y de encuentro espiritual.

Así que decidí probar esa experiencia, tratar de encontrarme con mi otro yo.

Partí solo, escogiendo un paraje bastante escarpado, con bosques tupidos y escondidos rincones entre rocas.

Como de costumbre, caminaba atento a mi entorno, a cualquier signo de vida, cualquier animal grande o pequeño que observar y admirar su belleza. Descansé al borde del escarpe contemplando el valle bajo mis pies cubierto por un espectacular mar de niebla que, ya avanzada la mañana, se iba abriendo dejando asomarse por las ventanas abiertas entre ella, primeramente verdes prados y luego varios pueblecitos en los que destacaba su iglesia y con algunas casas dispersas por la  campiña.

Después de ese sensacional espectáculo mientras reponía fuerzas y líquido, decidí internarme por el espeso bosque camino de unos rincones rocosos cuyas rocas más altas había visto sobresaliendo de dicho bosque. Seguí un sendero que iba en la dirección deseada hasta que desapareció y continué, ya sin sendero, buscando los lugares más apropiados para cruzar entre la maleza y arbustos, en ocasiones muy cerrados obligándome a agacharme al máximo para salvar algún obstáculo.

Por fin llegué al final del arbolado encontrándome con un grandioso espectáculo: dos enormes rocas flaqueaban el paso hacia rincones interiores, un laberinto de rocas de menor y variado tamaño.

Estuve un buen rato contemplando aquellos bellos colosos sobrevolados por varios majestuosos buitres, viendo en una de las paredes un par de agujeros que les servían de nido y varios otros ejemplares posados en las aristas de ambas rocas.

Hinché el pecho llenándolo de aire, ya mi espíritu se había llenado de calma y belleza, y con un suspiro de admiración decidí continuar traspasando aquella rocosa puerta y descubrir las bellezas y emociones que se escondían tras ellas.

No me defraudó aquel entorno maravilloso, un laberinto entre rocas descubría rincones a cual más espectacular, pasos estrechos de uno a otro, incluso tuve que gatear para pasar uno de ellos.

De pronto, en uno de esos recovecos, me encontré conmigo mismo.

¡Uff, qué susto! Frente a mí apareció aquel tío feo, sudoroso y con la misma cara de asustado que la que yo tenía.

-¿Quién eres? De dónde sales?, le pregunté.

-Soy yo, me dijo, ¿no me conoces?

-¡Coño, qué listo, también yo soy yo, no te jode!

-Es que yo soy tú, tu otro yo, o mejor, tú eres mi otro yo, me explicó.

¡Vaya!, al fin me había encontrado conmigo mismo, con mi otro yo.

-¿Qué voy a hacer ahora contigo? No puedo dejarte aquí y si te llevo conmigo a más de uno le puede dar un infarto, ¿cómo les explico que tú eres yo y yo soy tú?

-Tranquilo, me dijo yo, eso no funciona así, yo iré dentro de ti, en realidad siempre he estado en tu interior aunque no hayas sido muy consciente de eso.

(¡Claro, mira qué fresco el otro yo, que yo lo lleve!, ahora comprendo por qué me canso tanto, pensé pero no se lo dije)

Así que reemprendí el regreso, satisfecho con haberme encontrado a mí mismo pero un tanto preocupado de si podría acarrear con él y con la duda de cómo nos entenderíamos, ahora que se había manifestado, que había roto su silencio y además para toda la vida y sin posibilidad de divorcio.

Bueno, aquí estamos yo y yo, de momento en armonía y afrontando el día a dia con optimismo y una gran sonrisa.

Ya sabéis, si a partir de ahora algo de mí deja de gustaros, posiblemente sea cosa de yo, del otro yo, o quizás no, ¿quién sabe?

Y viceversa.

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23 comentarios en “Encontrarse a si mismo.

  1. Yin yang? Sin duda danza eterna. Desdobla o fúndete y cuando te pierdas búscate y cuando te encuentres… Ámate! Yo te aprecio así y si alguna vez tu ausencia propia duele, házmelo saber, recuerda que estoy aquí, y aunque por ti no pueda hallarte, si al menos puedo acompañarte a esas montañas donde uno se pierde y a la vez se encuentra, otra vez de nuevo…, Y allí, podré fraternalmente abrazarte, aunque ya lo hago aquí.

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    1. Son como el ying y el yang, en continua expansión y contracción formando un todo. Gracias, Lottar, sé que estás ahí (aquí) te siento aunque no te manifiestes y siento tu apoyo y tu cariño que agradezco y al que correspondo. Un gran abrazo con mucho cariño y con mis mejores deseos para ti.

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  2. lostalleresdenatalia

    Esa foto me suena y me encanta…porque es como tú: imponente, atractiva, te invita adentrarte no sin cierto respeto…..También se torna refugio y te permite respirar sin límites. Como tú.

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          1. Eso es lo mejor, respetar las ideas propias y tener la capacidad, si hace falta, de dejarse convencer con una más acertada 😉 Porque, al fin y al cabo, hoy somos así, pero mañana podemos ser de otro modo. Los muertos son los únicos que jamás cambian de ideas 😉

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